Durante la semana santa, con menor atención de los medios, la prensa registró el incendio del "campamento" de las 600 personas que perdieron sus hogares hace dos años por el desbordamiento de un río en Girón. Mientras la noticia especulaba sobre las causas del siniestro, brilló por su ausencia la siguiente pregunta: ¿Cómo puede ser posible que las autoridades locales y nacionales no hayan sido capaces de darle una atención digna a estas pesonas dos años después de la tragedia?

Por último, hoy en Bogotá murió un bebe de apenas 10 meses a causa de la deshidratación e infecciones causados por el mal cuidado y abandono de su madre que literalmente permitió que las ratas se comían a su hijo. La madre explicaba que ella le daba suero, pero "que tal vez le daba muy poco o no se lo habría sabido echar". La madre que trabaja lavando ropa tiene otros hijos cuyo padre la había abandonado hace unos años y "se había matado de un tiro". El padre del bebé nunca respondió, vaya sorpresa. ¿Hasta qué punto debe y puede intervenir el Estado? ¿Cómo y cuándo puede la sociedad misma hacer algo para mitigar la situación y prevenir que vuelva a suceder?
Las tres noticias muestran la degradación de diversos estamentos de la sociedad colombiana, la desidia de la sociedad, la corrupción del Estado y finalmente la desarticulación de la familia. Sin duda alguna la disfuncionalidad de muchos hogares en Colombia es la semilla para muchos de los males que aquejan nuestra sociedad.
Las tres noticias plantean preguntas fundamentales que la sociedad debe resolver. Sin embargo, la guerra solo permite atender lo urgente, siempre dejando a un lado lo importante. Es verdad, hay una emergencia social en Colombia, pero quienes leen estas líneas estarán tan lejos de ella como lo estoy yo desde Holanda.
Mientras los cerdos puedan comer mejor que tantos niños en Colombia, mientras tantos le damos la espalda a los más desvalidos Colombia seguirá con el Cristo de Espaldas.

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