El caso es que al cabo de un rato, recuerdo que llegaba cansado el "muchacho" en una bicicleta con una gran canasta rodante incorporada en la parte delantera (!que solo he vuelvo a ver acá en Holanda!) con sus verduras, legumbres, latas y demás cosas que seguro no tenías tiempo de comprar en el mercado. Aunque siempre había propina para el muchacho estoy seguro que este no era tu método preferido, nunca te he preguntado si lo hacías por comodidad o si la simple explicación es que trabajabas de 7am a 3pm todos los días en un hospital público en el centro de Bogotá y que cuando llegabas a casa nosotros (seguro más yo que mi hermana y mi hermano) y mi abuela eramos tu ocupación.
Este fin de semana he pensado mucho en ti porque el sábado fui al mercado abierto de Blaak y pensé cómo gozarías haciendo tu mercadito allá donde podrías conseguir absolutamente todo lo que quepa en tu imaginación.
Pero antes empiezo por hacer un recuento de mi recorrido para llegar al mercado en Blaak.
Esto es lo que en Colombia llamaríamos mi "cuadra", queda al lado de una vía principal por donde pasa el Tram y hay una vía exclusiva para bicicletas.
Hoy en día hago el recorrido a pie durante 20 minutos porque mi bici -cosa rara- está fallando, pero como puedes ver en las fotos, es una caminata muy placentera.
El camino al mercado no está desprovisto de cosas extrañas.
Más, adelante en medio de tiendas de bicicletas y de productos para belleza hay un almácen de tumbas ("sepulcro" como cuentas que decía mi hermano cuando chiquito), lápidas, panteones y
demás productos relacionados con la muerte.
No me produce escalofrío acercar mis nariz a la vitrina para ver mejor, lo que sin duda muchos calificarían como "loberías", antes me da mucha risa.
Justo antes de llegar al mercado, encuentro una de las estructuras arquitectónicas más célebres en Rotterdam, "De Kubus", unas casas que desafían la gravedad y la estética con su mera existencia:
Una vez paso debajo de los Cubos llego a la estación de metro Blaak y a la plaza donde queda el lugar que se ha convertido mi plan de todos los fines de semana.
Centenares de personas caminan por los estrechos corredores del mercado desde temprano en la mañana hasta la cinco de la tarde todos los mártes y sábados. No es fácil caminar por entre el río de personas que buscan frutas, verduras, quesos, carnes, ropa nueva y de segunda mano, artículos tipo miscelánea, productos de panadería, pescados, flores, dulces y chocolates, películas, accesorios para bicicletas o teléfonos... solo nómbren lo que quieren, seguro en el mercado lo ofrecen.
De esta forma, personas de todos los credos, razas, clases sociales y nacionalidades se reúnen en este espacio donde se materializa lo que en las facultades de economia les cuesta tanto trabajo estudiar a los estudiantes. Me da gusto confesarles que allá voy dos veces por semana y compro raices chinas, pan turco, salmón fresco, chocolate belga, mango y bananos (¿de Colombia o de África?), loempias chinas, queso holandés (en todos los tamaños y presentaciones), albaricoque deshidratado, libros de segunda (siempre a 50 centavos de euro cada uno), stroopwafles y en el futuro quien sabe qué otra "chuchería".
Eso sí, mamá te prometo que te voy a reemplazar todos los molinos de viento y suecos y demás artefactos de porcelana que tu tenías y que yo destruí en un trabajo consistente y diario cuando tenía 8 años.
Hoy, domingo, en el mismo sitio en el que montan el mercado había una feria del libro usado que por supuesto, tú lo sabes muy bien, no dudé en visitar con un morral al hombro.
No resultó tan grande ni tan concurrida como imaginaba. Tampoco encontré tantos libros para saciar mi sed por las letras porque la mayoría de los textos estaban en holandés. Me complació encontrar mucha literatura latinoamericana y en especial de Gabriel García Márquez.
Con todo, el paseo al mercado no fue en vano pupes encontré unas buenas gangas que paso describirte, como siempre hago cuando compro libros en Bogotá: 1) "The Chinese: Their history and culture" de K. S. Latourette (2 euros); 2) un libro que compila novelas y cuentos de Hemingway (1 euro); 3) "The sound and the fury" de W. Faulkner (1 euro); 4) 2 tomos de "The Bolshevik revolution" de E. H. Carr -quedará para otra ocasión el tomo que me hace falta- (4 euros); y 5) "The path between the seas" de el historiador norteamericano David McCullough -sobre la construcción del Canal de Panamá (13 euros con todo y negociada, pero los vale).
Despues de escarbar en cada uno de las mesas y estantes del mercado de libros y verificar que nada más me interesaba sentí que ya era hora de volver a casa y preparar el delicioso salmón que me esperaba. Cuando me alejaba vi que las gaviotas -como en día de mercado- ya empezaban a sobrevolar la zona. Supongo que esperaban darse el festín de todos los martes y sábados cuando al terminar la jornada se hacen dueños de lo queda en la plaza de Blaak. Desgraciadamente esta no era la ocasión, pues bajo las carpas había mucho alimento pero no para el estómago sino para la mente.
Juan Gaviota bajó de la altura y miró desconsolado el pavimento desnudo: nada de desechos y pedazos de piña, ni cola de pescado que normalmente quedan al caer las tardes de los martes y los sábados en Blaak.
Seguro que no estaba de acuerdo con el slogan de la Feria del Libro de Bogotá según el cual "con la lectura puedes volar". Él ya podía volar y lo que no entendía era donde estaba el jugoso pedazo de salmón con el que había soñado por la mañana cuando vio llegar las camionetas de los mercaderes y las carpas de plástico.
No me atreví a decirle nada sobre el pedazo de salmón que había comprado el día anterior y que me esperaba y que a diferencia de él no comería crudo. En cambio, como tratando de confortarlo, le mostré emocionado mis adquisiciones literarias. Al revisar los títulos me dijo con sorna: "Bah! .... dicen que quien no es de izquierda en la juventud no tiene corazón, pero que quien lo sigue siendo en la adultez es un pendejo...". Entonces recordé que hace algunos años, Holman Morris respondió, al oir el mismo comentario de un amigo común de apellido Pombo (no L. B.), que es muy "mala leche" ese dicho. Estoy de acuerdo con Holman, pero creo que mencionarle la palabra "leche" a la gaviota hambrienta no iba a resultarle nada gracioso.
Juan Gaviota se posó un rato sobre la banca de cemento de la estación de Blaak y sin despedirse de mi se fue volando a buscarse un pescaducho en el río Nieuwe Maas. Yo en cambio me fui a casa pensando en mis jornadas y en tu cumpleaños mamá.
El salmón sí estaba tan jugoso como Juan Gaviota imaginaba pero ahora que está en mi barriga he terminado de escribir esta crónica para ti mamá.
Te quiere muchísimo,
Juanda
Pd. Mamá feliz cumpleaños y feliz día de la Madre. !Estoy muy orgulloso de ser tu hijo!
Pd. 2. Mami, no me vayas a matar por las fotos que puse de ti, !me parecen muy tiernas!
Pd. 3. (Para todos los lectores que no son mi mamá) El señor del mercado telefónico se llamaba José Cortes y mi madre también me contó que -al final de la conversación- ella siempre tenía que recordarle "José, si no tiene lo que le pido no me mande otra cosa parecida...". Ahora se aclara por qué los frijoles del domingo terminaban siendo garbanzos. Mis queridos lectores, me perdonarán la imprecisión de mi relato, ahí sí que me aprovecho de las palabras de García Márquez en el sentido de que la vida no termina siendo lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda que vivió y cómo la recuerda para contarla (Vivir para Contarla, 2002). A parte de las "gracias" que el señor José hacía de vez en cuando, mi mamá también confimó que el servicio no solo lo usaba ella sino también su mamá, sus hermanas y sus primas.

2 comments:
Lograste conmoverme Lalito. Si eso fue a mi ¿cómo habrá sido a tu mamá?
Mónica
Doña Clemencia dijo que se le aguaron los ojos de emoción!!!
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